Friday, 23 December 2022 00:00

La metamorfosis naranja (parte 1)

Written by  Luis Villegas Montes
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Luis Villegas Montes. Luis Villegas Montes.
Cuando el pasado 6 de diciembre leí un twit escrito por Javier Corral Jurado donde manifiesta lo siguiente: “la definición de @MovCiudadanoMX expresada por @DanteDelgado de ir sin alianzas en el 2024, constituye un auténtico reacomodo de escenarios electorales en el sistema de partidos de nuestro país.

Desmarcarse desde ahora de la ‘vieja política’ léase #PRIAN […] Si además, fortalecen la democratización de su vida interna, y cuidan la calidad de su crecimiento, con liderazgos de prestigio y militantes comprometidos, @MovCiudadanoMX puede convertirse en una interesante alternativa política para México” (https://twitter.com/Javier_Corral/status/1600162018501152770).

Ahí nomás, sin darle tantas vueltas al asunto, recordé el siguiente relato:

“Cuando Javier Corral se despertó una mañana tras un sueño inquieto, se encontró en su cama convertido en ser humano.

Por primera vez en muchos años, dejó de yacer sobre el duro caparazón de su espalda; y ahora podía ver cómodamente, al alzar un poco la cabeza, ya no su vientre arqueado y oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia otrora apenas podía sostener la colcha —como había ocurrido durante los últimos 20 años—, sino el vientre flácido del hombre pasada la cincuentena que en verdad era.

Esa mañana no estaban el caparazón, ni el vientre asqueroso, ni las escuálidas y feúchas patitas. ‘¿Qué me ha sucedido?’, pensó. No era un sueño. Su habitación, su habitación de siempre, humana de verdad aunque contaminada por su presencia de los últimos 20 años, aparecía como de ordinario, entre sus cuatro bien conocidas paredes.

Por encima de la mesa, sobre la cual estaba esparcido un rimero de papeles —Corral era un prominente político—, colgaba la imagen que adquiriera hasta hacía bien poco, colocada en un lindo marco dorado. Javier dirigió la vista hacia la ventana y el tiempo hermosamente soleado —estaba por concluir el verano— le infundió una gran melancolía.

‘Bueno —pensó—; ¿qué tal si yo siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas las fantasías?’, pero esto era totalmente irrealizable, porque tenía la costumbre de dormir sobre su caparazón, mirando con deleite la podredumbre del techo, en especial las esquinas, y su actual estado no le permitía adoptar con comodidad esa postura.

Aunque se empeñara en volcarse sobre el lado derecho, que era lo que había hecho hasta antes de convertirse en insecto, forzosamente volvía a caer de espalda e, incluso, de querer yacer de costado, lo habría hecho sobre el izquierdo (siempre había sido así).

Cien veces intentaría en vano esa operación; cerró los ojos para no tener que ver aquel agitarse de desesperación sus brazos y piernas otra vez de humano; y su esfuerzo no cesó hasta que un dolor antes jamás sentido, leve y punzante al mismo tiempo, comenzó a aquejarle en el costado. ‘¡Ay Dios!’ —pensó aunque siempre hubiera sido ateo en su corazón pues el único Dios que reconocía era a él mismo—.

‘¡Qué agotadora profesión he elegido! Y no hablemos de esta plaga de los viajes: cuidarse de los enlaces de los aviones; la comida mala, irregular; relaciones que cambian con frecuencia, que no duran nunca, que no llegan nunca a ser verdaderamente cordiales. ¡Al diablo con todo eso!’. Sintió una ligera picazón en el vientre blanco y fofo. Vio que el sitio que le escocía estaba cubierto de unos puntitos que no supo explicarse.

Quiso aliviarse tocando el lugar del escozor con la mano; pero la retiró de inmediato, pues el roce le producía escalofríos. Se desperezó en su posición primitiva. ‘Estas fechas —se dijo— lo entontecen a uno por completo. Hay políticos que se dan una vida de odaliscas’, suspiró.

‘Pero, lo que tengo que hacer por ahora es levantarme, que el gran día es hoy’. Volvió los ojos hacia el despertador, que hacía su tic-tac encima del velador. ‘¡Santo Dios!’, exclamó para sí. Eran las seis de la mañana, y las manecillas seguían avanzando tranquilamente.

Es decir, ya era más: las manecillas estaban casi en el cuarto. ¿Acaso no había sonado el despertador? Desde la cama podía verse que estaba puesto efectivamente a las cuatro; por lo tanto, tenía que haber sonado. Mas ¿era posible seguir durmiendo impertérrito, a pesar de aquel sonido que conmovía hasta los propios muebles?”.

Continuará…

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Luis Villegas Montes.

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