Historias

Hiroshima y Nagasaki; la historia del infierno nuclear que cambió el orden mundial

El 6 de agosto de 1945, hace 75 años, un avión de la fuerza aérea estadounidense dejó caer sobre Hiroshima, al sur de Japón, la primera bomba atómica de la historia. La explosión liberó un hongo nuclear que ascendió 16 kilómetros por la atmósfera.

Abajo, en la ciudad, la onda explosiva elevó la temperatura a 1 millón de grados centígrados. Setenta mil personas murieron instantáneamente, y otras setenta mil fueron muriendo en los días y las semanas siguientes, por los efectos de la radiación.

Tres días después, Estados Unidos lanzó una segunda bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki, forzando así la rendición incondicional de Japón y, con ello, el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Pero la bomba atómica también supuso un acontecimiento decisivo en el devenir político de los años siguientes, definiendo las relaciones entre los dos grandes bloques en los que quedó dividido el mundo, con consecuencias que llegan hasta la actualidad.

Para encontrar el origen de estas explosiones hay que remontarse unos años atrás, a agosto de 1939, cuando un grupo de científicos, encabezados por Albert Einstein, escribieron una carta el presidente de EE.UU., Franklin D. Roosevelt, en la que le advertían de la posibilidad de que la Alemania nazi hubiera empezado a desarrollar un programa para investigar el uso de la energía nuclear para la fabricación de bombas "extremadamente potentes".

Nace el Proyecto Manhattan

Un aviso que resultó cierto y que, con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, hizo evidente que quien lograra en primer lugar la fabricación de este arma mortífera podría inclinar a su favor de forma definitiva el resultado de la contienda. La Alemania de Hitler había logrado un importante avance en todos los campos de la ciencia por lo que no había tiempo que perder.

Por ese motivo, Roosevelt creó el llamado Proyecto Manhattan, de carácter secreto, que arrancó en 1941 en la base de Los Álamos (Nuevo México) con cerca de 130.000 trabajadores, liderados por el físico nuclear Julius Robert Oppenheimer. Junto a él figuraban un buen número de brillantes científicos, como los premios Nobel Harold C. Urey, James Chadwick, Enrico Fermi, Isidor Rabi, Willard Frank Libby, Hans Brethe o Luis Walter Álvarez.

Estados Unidos entró en la guerra en 1941 tras el ataque de Japón a la base de Pearl Harbor, en el Pacífico, un hecho que supuso una enorme conmoción para la sociedad norteamericana. Esto obligó a EE.UU. a mantener dos frentes abiertos, el europeo y el asiático, en el que los japoneses se mostraron como enemigos irreductibles.

Resistencia japonesa

En la primavera de 1945 la Alemania nazi había sido derrotada, pero Japón resistía a pesar de la campaña de bombardeos que había llevado a cabo Estados Unidos y que había destruido algunas de las ciudades importantes y se había cobrado cientos de miles de vidas.

En julio de ese año, en Potsdam (Alemania), los líderes de Estados Unidos, Reino Unido y la URSS se reunieron para fijar el orden que regiría en la Europa de la posguerra y solicitar la rendición incondicional de Japón.

Harry S. Truman, que había accedido apenas unas semanas antes a la presidencia de EE.UU. tras el fallecimiento de Roosevelt, supo durante la reunión que la bomba atómica estaba lista para ser utilizada. "Baby well born (el bebé ha nacido bien)", rezaba el escueto mensaje en clave que recibió el mandatario estadounidense, lo que en la práctica significaba que la prueba realizada en Los Álamos había sido un éxito. Los científicos del Proyecto Manhattan había presenciado con asombro que la capacidad destructiva de la bomba que probaron en el desierto de Nuevo México era mayor de lo que pensaban.

Truman dudó si informar a Stalin de la existencia de la misma pero finalmente optó por comunicárselo, ante el riesgo de que pudiera suponer una ruptura entre los todavía aliados. "Tenemos una nueva arma de una capacidad destructiva inusual", le dijo el mandatario estadounidense al soviético. Pero este no pareció impresionarse demasiado, seguramente porque los espías de la URSS -como habían hecho los de EE.UU. con Alemania- eran conocedores del proyecto. Quizá antes que el propio Truman, que hasta su juramento como presidente, en abril de 1945, se había mantenido ajeno a la existencia de la bomba nuclear.

Finalmente, el presidente de Estados Unidos firmó la orden el 3 de agosto para llevar a cabo el bombardeo nuclear, una decisión que le perseguiría el resto de su vida y que achacó a su "convencimiento de que salvaría cientos de miles de vidas, tanto japonesas como americanas".

Kioto, objetivo inicial

Ya en aquel momento se había decidido que Hiroshima fuera el lugar donde se produjera la deflagración aunque el objetivo inicial que se había fijado era la ciudad de Kioto, antigua capital del país y que posee un impresionante patrimonio monumental. Así lo habían fijado los integrantes de un comité formado por militares y científicos, que valoraban el hecho de que la ciudad no había sufrido apenas destrucción y mantenía activas fábricas e industrias.

Sin embargo, el secretario de Guerra, Harry L. Stimson, logró que Kioto fuera retirada de la lista de objetivos, parece que por su implicación personal con la ciudad, en la que habría pasado su luna de miel. Finalmente, Hiroshima fue la elegida, por su importancia militar.

El 6 de agosto, un bombardero B-29 pilotado por el comandante Paul Tibbets -que lo bautizó como 'Enola Gay' en honor a su madre- despegó de la base aérea de la isla de Tilián, en el Pacífico, y puso rumbo a Japón. La tripulación, con excepción del piloto, desconocía que a bordo transportaban una bomba atómica, con el nombre clave de 'Little boy', y fue Tibbets quien les informó de esa circunstancia cuando se estaban acercando al objetivo.

Destrucción total

La bomba fue lanzada a las 8:15 hora local, cuando el avión sobrevolaba el centro de Hiroshima, a casi 9.500 metros de altura, y explotó cuando se encontraba a unos 600 metros del suelo, liberando una potencia destructora equivalente a 16.000 toneladas de TNT. La temperatura en el centro de la explosión alcanzó entre 3.000 y 4.000 ºC y la destrucción fue prácticamente total en un kilómetro y medio. Unas 70.000 personas murieron al instante y otras tantas lo hicieron en las semanas siguientes a causa de las heridas y los efectos de la radiación. 

Sin tiempo para recuperarse del impacto, Japón sufrió un nuevo ataque el 9 de agosto. En este caso el objetivo era Korura, otra ciudad estratégica, pero la mala visibilidad esa mañana hizo imposible el lanzamiento por lo que el piloto, Charles Sweeny, tuvo que elegir de forma apresurada un destino secundario, ya que el avión no podía volver a aterrizar con la bomba a bordo.

Condicionado por la escasez de combustible, se dirigió a Nagasaki, que ni siquiera era uno de los objetivos iniciales, y poco después de las 11:00 horas soltó el proyectil, con el nombre clave 'Fat man', que explotó con una potencia de más de 20.000 toneladas de TNT, aunque dejó menos víctimas y menor destrucción que en Hiroshima, al encontrarse la ciudad enclavada en un valle.

Aún así, más de 40.000 personas murieron en el acto, la mayoría civiles, y la cifra aumentaría hasta casi el doble a finales de ese año. Fue la última ocasión en la que una bomba nuclear fue utilizada en un enfrentamiento bélico.

El efecto del ataque nuclear fue inmediato: el 14 de agosto Japón aceptó negociar incondicionalmente su rendición. La Segunda Guerra Mundial finalizaría oficialmente el 2 de septiembre, con la firma del Acta de Rendición a bordo del acorazado USS Missouri.

El mundo, dividido en dos bloques

Pero las consecuencias de las bombas atómicas lanzadas sobre Japón se dejarían sentir a lo largo de todo el siglo XX y aún en la actualidad, modificando por completo las relaciones internacionales.

La más evidente fue el establecimiento de la llamada guerra fría, el enfrentamiento sordo que mantuvieron Estados Unidos y la Unión Soviética hasta mediada la década de los ochenta. Prácticamente desde el final de la Segunda Guerra Mundial, ambas potencias delimitaron su ámbito de influencia mediante la creación de dos bloques, que se reflejaron en el nacimiento de la OTAN por un lado y del Pacto de Varsovia por otro, con el agravante de que también los soviéticos dispusieron de armamento nuclear desde inicios de la década de los cincuenta.

El mundo se fracturó entre capitalistas y comunistas y, aunque las dos superpotencias nunca llegaron a enfrentarse directamente, sí estuvieron detrás de conflictos como la Guerra de Corea, la división de Berlín y la construcción del muro o las guerras de Vietnam y Afganistán. 

El miedo a la guerra nuclear siguió latente, en mayor o menor medida, hasta la caída de la URSS, en 1991, y estuvo a punto de hacerse realidad en algunos momentos, especialmente en 1962, en la llamada Crisis de los misiles cubanos, cuando llegó a activarse el nivel de seguridad DEFCON 2, el inmediatamente anterior a un ataque nuclear.

La carrera espacial, que culminó con la llegada de EE.UU. a la Luna en 1969, fue sin embargo uno de los aspectos más positivos de esa rivalidad.

Tras la desaparición del bloque comunista, pareció alejarse el peligro de una confrontación de estas características, pero el hecho de que países como Israel, Corea del Norte, India o Pakistán, ubicados en zonas de gran inestabilidad política, posean armamento nuclear ha vuelto a poner en primer plano este riesgo. A ello hay que unir el peligro de que armas de estas características puedan caer en manos de organizaciones terroristas.

Desde hace 75 años, ninguna bomba nuclear ha vuelto a ser utilizada contra el hombre. Quizá por eso la memoria de Hiroshima y Nagasaki y el recuerdo de sus víctimas deben estar siempre presentes y advertirnos de las consecuencias irreversibles que conllevaría un enfrentamiento de estas características.

Con información de RTVE.

Read 228 times Last modified on Thursday, 06 August 2020 11:36
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