Pulso Industrial

Friday, 17 November 2017 00:00

No es el Cristianismo, Señor Roberto Blancarte

Written by  Daniel Valles
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El cristianismo no el culpable del estado actual de las cosas en la sociedad mexicana. Con cierto “éxito” se podrá intentar culpar a la religión organizada. Si se desea, a las expresiones que se definen y derivan del Cristianismo. Culpabilidad más por la falta de capacidad,  de sabiduría, carácter y compromiso por parte de los actores religiosos que a la doctrina misma.

Insistir en culpar al Cristianismo de tanta corrupción y por todos los asesinatos, robos, secuestros y violencia que hay en México, sería igual a  querer culpar a la Política y al Estado de las mismas atrocidades. Donde el Estado sí tendría culpa.

Lo que es peor, hacer así es un acto irresponsable, de inequidad, intolerancia y discriminación para con la Política. Ergo, es lo mismo el culpar a las manifestaciones cristianas por los crímenes, el narcotráfico y la violencia.

En un artículo aparecido recientemente en Milenio, el señor Roberto Blancarte se pregunta por qué, en un país católico como México hay tanto crimen. ¿Por qué los católicos son incongruentes? ¿Dónde quedaron los 10 Mandamientos. (“Un país católico”, Roberto Blancarte, Milenio, 14/11/17)

Culpa a la religión organizada, en este caso al Catolicismo, de haber realizado un mal trabajo y por ende por la situación de tantas personas mexicanas que comenten tanto crimen y son ciudadanas de un país católico como es México. 

La duda que se presenta tienen sentido para una persona pensante, como el señor Blancarte. Pero no se trata de la religión, sino de la conducta de las personas. Las que profesando un credo religioso se involucren voluntariamente en hechos delictivos.

Pero veamos: ¿Las personas son buenas o malas? ¿Cómo se hace buena una persona? ¿Cómo hacemos buenas a todas las personas? ¿Los buenos somos más? ¿Por qué no se nota? Son preguntas que muchos nos hemos hecho a través de los años.

“La gente se hace buena por medio de la virtud”. De acuerdo a Nicómaco. “Y el político, agrega, se ocupa de ello”.

No basta decir que queremos ser buenos y ya, por eso lo somos. Como tampoco se puede afirmar que porque en México hay democracia, todos somos demócratas.

México es un país democrático, sí. Pero los políticos demócratas igual se roban las elecciones. Usan el “dedazo” para nombrar candidatos o se les “caen” los sistemas durante los procesos electorales.

La gente afirma que estos procesos electorales siempre son corruptos. No votan por ello. A pesar que se presente, “los mejores hombres y las mejores mujeres”. Saben que serán robados por los mejores. Eso sí.

La corrupción amigos crece y se extiende con el ejemplo. Carcome y daña el “tejido social”. Por eso somos democráticos, pero también corruptos. Hay católicos, pero también ladrones. Así es en toda actividad humana. Dualidad. Uno decide. Es la naturaleza humana.

Decir que porque México en su mayoría es un país Católico, o porque hay Evangélicos y Cristianos no debería haber crímenes, robos, asaltos, violaciones a la ley es una utopía. Por no decir que una estulticia.

Sería como afirmar que porque México es una nación democrática todos los mexicanos somos demócratas y las elecciones siempre son limpias. Lo que también es estulto y una fantasía.

¿Cómo llegamos aquí? Hemos Mutado.

Los seres humanos al reconocer lo irreconocible nos transformamos en irreconocibles. Mutamos.

La erradicación de materias como el Civismo, la Moral, la Ética en los programas educativos en las escuelas de gobierno terminó por doblar al ciudadano.

Han sido las élites progresistas del Estado quienes hicieron esto. Pero además, condenaron la espiritualidad pública en la vida de la gente. Reprobando y atacando las manifestaciones de Fe en la sociedad como fruto de un mal entendido Estado Laico.

Ante tal presión y condenación las personas abandonan el pragmatismo de su creencia, de su religión por la labor del Estado. Terminaron por olvidar sus credos, por un sistema que el mismo Estado impuso y les ahoga. Les ridiculiza.

Este abandonar y olvido ocasionó un daño grave a la convicción, a la conducta y al carácter de la persona, del ciudadano al no permitirle tener y usar las herramientas morales necesarias para la vida en pública, democrática, sana, social, familiar. Terminó con tales cualidades. ¿Cómo?

Eliminó los ejemplos morales, éticos, virtuosos de las personas,  reprobándolos. Los condenó. Los satanizó.

El Estado no se preocupó por formar personas virtuosas. Menos por propagar los ejemplos de éstas. Así generó o produjo una masa amorfa sin valores y sin principios. 

El Estado entonces creó a la Burocracia. Masa que absorbió a la gran mayoría. La que todo despersonaliza y esconde.

La religión toleró extremos. Ambos se fanatizaron. Cada uno en su campo, en su religión particular y a su manera.

¿Quién es culpable de lo anterior? No el Cristianismo. Tal vez las expresiones religiosas que emanan de la doctrina cristiana. Tal vez el Estatismo exacerbado que vivimos. Pero esa es otra cosa para tratar en otra entrega.

Benito Juárez, Melchor Ocampo, Justo Sierra, Katy Jurado, Dolores del Río, Martina Montenegro y tantos hombres y mujeres ejemplares que han contribuido a la grandeza del país. ¿Dónde está el legado de éstas personas? Quiénes de las actuales generaciones les conocen por su pensamiento y por sus costumbres. Por su moral o su fe. Por su ética y costumbres. Por su vida espiritual. Pocas personas, muy pocas. Quienes sí les conocen cada vez son menos. Se extinguen. Se requiere de sismos para que nos demos cuenta del heroísmo de la gente.

Los seres humanos al reconocer lo irreconocible nos transformamos en irreconocibles. Mutamos.

El problema que cuestiona con acierto el señor Blancarte, se encuentra no en el cristianismo. Posiblemente en la religión organizada. La que cedió ante la andanada del Estado que implantó la suya propia por la predicación de sus ideologías cuasi religiosas. Las que han derrotado a las diferentes manifestaciones cristianas. Terminaron éstas por debilitarse y corromperse. Pero el problema ha emanado del Estado. De las leyes que emite.

La Ley es un instrumento de segundo grado a la que los gobernantes acuden por falta de costumbres o moral. Que son instrumentos de primer grado.

“Las leyes solo detienen a las personas de cometer delitos, pero no las cambian”, aseguraba Rousseau. “Menos las transforman”, afirma quien escribe. 

La Ley resultó ser un audaz engaño hacia la sociedad. Porque la despojó de la moral y de la ética. De sus acciones moralizantes. Atentó así contra las costumbres. Condenó y ridiculizó las expresiones de fe. Y esto lo hizo la gente que gobierna en cosa de un siglo.

La legislación de nuevas  e infinidad de leyes sustituyó la costumbre, la moral que emana de ella y genera virtud en las personas. Las que tienden a imitar el ejemplo y con ello llenar la sociedad de lo mismo que imitan. Si el gobernante es corrupto, el ciudadano también.

La creación de nuevas e infinidad de leyes es el engaño que descubrieron los gobernantes para redimir la ausencia de héroes ejemplares y de gran moral que destruyeron con leyes coactivas. Es decir, con la eliminación de personas que implanten costumbres edificadoras que conservan la vida, no que la destruyan. Siendo esto apenas el inicio de El Meollo del Asunto.

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