Pulso Industrial

Tuesday, 13 February 2018 00:00

¿Estamos listos ya?

Written by  Fernando García Ramírez
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En el 2000, cuando se logró la alternancia, el PAN ganó el gobierno pero no se desmantelaron las instituciones corporativas. En vez de transformarlo, el gobierno de Fox se adaptó al sistema.

Un ejemplo entre muchos: uno de los vicios más profundos de la vida política mexicana consiste en la supeditación de los medios de comunicación a través de la publicidad oficial. El famoso “no pago para que me peguen” de José López Portillo. Cuando Vicente Fox llegó al poder, tuvo en sus manos la posibilidad de terminar con esa práctica corrupta. En lugar de eso, buscando popularidad, pactó con los medios, en especial con las televisoras. Algo semejante ocurrió con los sindicatos de maestros y de petroleros. Prefirió Fox aliarse con la corrupción del sistema priista que romper con él. Entre ganar popularidad y construir la democracia, optó por lo primero.

Pero no fue sólo culpa de Fox y de los panistas que llegaron con él al poder. Ocurrió algo semejante con la izquierda. En 1997, cuando Cuauhtémoc Cárdenas se convierte, a través de los votos, en el primer jefe de Gobierno de la Ciudad de México que no pertenece al PRI, se pensó que la izquierda podría acabar con la corrupción. No fue así. Como lo ejemplifica el caso del escritorio: al llegar el nuevo equipo de Cárdenas al edificio del Ayuntamiento, sede de la Jefatura de Gobierno, el nuevo encargado de prensa se encontró en su oficina con un gran escritorio. El funcionario vio el gran mueble, no le gustó, quiso sacarlo de su oficina y sustituirlo por otro más modesto.

Pero era tan grande que no salía ni por las puertas ni por las ventanas. No hubo otro remedio que cortarlo en dos. Al hacerlo se encontró en el centro un cajón oculto que se abría mediante un dispositivo secreto. Allí se descubrió un documento comprometedor. Se trataba de un listado con los nombres de un conjunto de periodistas de renombre que recibían mensualmente dinero del Gobierno del Distrito Federal.

Una lista de periodistas corruptos que seguramente provocaría un escándalo. Las autoridades del DF filtraron el hallazgo de la lista a la prensa, pero no los nombres. Se creó una gran expectación. El nuevo gobierno de izquierda no caería en la trampa de la corrupción. Pasó el tiempo. No se dieron a conocer los nombres. Llegaron otras noticias y esta cayó en el olvido. ¿Qué pasó? Que los periodistas implicados hablaron con el nuevo jefe de prensa, le dijeron que si se publicaban sus nombres el alboroto duraría unos días, pero si no se publicaban ellos estarían dispuestos a colaborar con el nuevo gobierno con una cobertura favorable.

Ni el PAN en el 2000 ni el PRD en 1997 pudieron acabar con este aspecto siniestro del sistema político mexicano. ¿Estaba México preparado para terminar con el sistema cuando arribó Fox al poder? En el 2000, ¿México quería democracia o quería paz social? Optamos por la segunda. Y digo optamos porque todos de alguna manera fuimos responsables al no exigirle a Fox que metiera el acelerador democrático, al no exigirle que rompiera con el pasado.

Optamos por la paz. Al interior de su gabinete se dio esta polémica: ¿rompemos o nos quedamos con el viejo sistema? Adolfo Aguilar Zinzer y Jorge Castañeda querían romper, Santiago Creel prefería conservar –como secretario de Gobernación– el orden. Fox pactó un cambio suave y en muchos casos acordó para que no hubiera ningún cambio. Negoció con las televisoras, con los grandes sindicatos oficiales, y muy probablemente haya hecho algún acuerdo con el narco, del tipo “estabilidad social a cambio de no ser molestados en algunas zonas y en ciertas rutas”. Ese pacto con el pasado –ahora lo podemos ver con claridad–, nos costó muy caro. El narco, aprovechando esa relativa paz, creció y se fortaleció en el gobierno de Fox. Creció tanto que se salió de control en el sexenio de Calderón. Vuelvo a mi pregunta: ¿estábamos listos en el 2000 para asumir las responsabilidades de la democracia? ¿Lo estamos ahora?

Esta frase (“estar preparados para la democracia”) la empleó Porfirio Díaz en la célebre entrevista con James Creelman, el periodista norteamericano, publicada en 1908. Esa frase precipitó la Revolución. ¿Cuándo está un país listo para la democracia?: cuando un pueblo comienza a pagar impuestos. Se paga y se exige. Pero de la democracia sólo parece interesarnos el aspecto electoral.

Dice el rector de la UNAM, Enrique Graue, que “tenemos el mejor de todos los procesos electorales del mundo”. Esto no quiere decir que tengamos la mejor democracia del mundo, evidentemente. Se gasta en las elecciones cifras multimillonarias. Partidos, candidatos, propaganda, servicios. En cambio se hace muy poco, se invierte muy poco, en la promoción de la ciudadanía, que es, con la parte electoral, parte medular de la democracia.

Al no contar con esa pedagogía ciudadana en el 2000, nos fuimos topando poco a poco con las realidades de la democracia. Sobre todo una: que en la democracia se debe participar. Participar y exigir. Criticar. Proponer. Colaborar. Supervisar. Darse tiempo para participar en los problemas de la comunidad.

La democracia es una construcción en obra negra. Nos toca, a cada generación, añadirle algo. Si nos descuidamos un momento, la hiedra del autoritarismo se colará por las ventanas y las grietas del piso hasta cubrirlo todo. Tenemos que luchar contra eso todo los días. Incansablemente.

Twitter: @Fernandogr

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